Acepta todo lo que llega a tu vida. Se trata de aceptar las experiencias tal y como llegan, sin ponerles una etiqueta positiva o negativa, de vivir el ahora, en vez de calificar una situación como triste, dolorosa o excitante; simplemente debes centrarte en lo que estás viviendo, aunque no te resulte agradable, la mayoría de las situaciones no son positivas ni negativas, son tus expectativas, experiencias y percepciones las que inclinan la balanza en uno u otro sentido.
Reflexiona y luego actúa. Detente un momento a pensar en lo que has sentido y por qué, analiza si necesitas cambiar algo y si realmente vale la pena. Antes de dar el siguiente paso, conecta con tus necesidades y objetivos en la vida, recuerda que la impulsividad nunca es buena consejera.
Renuncia al control. La tendencia a controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor se transforma en una fuente constante de tensión y estrés. Debes dejar que las circunstancias fluyan, así adoptarás una actitud más relajada que te permitirá estar abierto a las oportunidades que se presenten.
Saborea cada instante. A veces comparamos las sensaciones que estamos viviendo con las que hemos experimentado en el pasado o con las que podríamos experimentar en el futuro, esa tendencia a comparar hace que el presente se nos escape. Por eso, es esencial que recuerdes que cada momento es único, vívelo como si fuera el primero y el último.
Deshazte de las ideas preconcebidas. Los prejuicios son una de las principales barreras que nos impiden disfrutar del presente porque nos hacen enfrentar las situaciones asumiendo patrones de respuestas, vivir el presente también implica abrirse a nuevas experiencias que estén verdaderamente en sintonía con tus necesidades y deseos.
Aprovecha el momento, nos recuerda lo efímero de la vida y la necesidad de aprovechar cada día, cada momento, vivir el presente y darle vida a nuestros días, sabiendo que nuestras vidas tienen los días contados.
