La grandeza de la vida no está en sus derroches

ni en las banalidades y vanidades que la hacen

un pedacito de Gomorra que obnubila sentidos

y cual asesino en serie extingue la convivencia.

No está en hacerla un manjar de hechos absurdos

ni en creernos parte de un existencialismo vacuo

donde el valor de la misma es menor a la razón,

matemáticas donde las restas son el principal factor.

Está en valorar el milagro en el cual millones de células

lograron, con la benevolencia divina, unirse y crear

un ser único y perfecto, racional y con libre albedrio

para decidir la importancia de transitar por ella.

La grandeza de la vida está en ser los herederos

 del sentimiento más puro del universo, el amor

y ser filántropos del mismo para que los predecesores

de cada generación  sean tierra fértil para florecerlo.